Grupo Estudios Semióticos | Objetos de la memoria
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OBJETOS DE LA MEMORIA

Por: Omar Valentín / 21 de agosto de 2015 

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Con frecuencia intenté reflexionar sobre algunos objetos que me rodeaban. De esos que en su variedad atesoran lo que fuimos siendo. Uno  se cree que podría reconstruirlos, solo de marañas inmediatas y utilitarias, pero el ejercicio no puede estar más lejos de eso. 

Estamos siempre sujetos a un intercambio simbólico, que desplaza su integridad, por atributos que se creyeron oportunos. De alguna manera su sentido es extendido, porque su propia forma de erigirlo necesita de otros objetos.

La flor de lis nunca es una flor, sino la representación de un Lirio, que es el nombre de una flor, a la que se le ha atribuido en muchas ocasiones, y entre otras cosas, honor, lealtad y pureza. En este sentido el lirio siempre estará allí para sostener una de las cualidades que pasan a ser su signo.

El relato, que me ha parecido apropiado al momento de rememorar, trata de hacer coherente, a nivel de la palabra, objetos que no pertenecen al objeto que se intenta recrear sino a los signos que le son atribuidos. 

De esta noción, no pueden concebirse aislados, porque existen como narración en tanto tejido de significaciones, que trastocan, transmutan su sentido.

Cada vez más, me persuade la idea de que lo aquí apalabrado jamás existió en el mundo material. 

Entonces uno queda a merced de ellas.

A merced de las palabras.

I

Es demasiado tarde, pero creo haber descubierto el secreto de Carambola. No es empresa facil mantener una lengua pesada al servicio del portador. -y espero que esto sea a mi favor para disimular la gran admiración que siento hacia él, por tan intricada maniobra -. No hago más que empezar las palabras y me traiciona ladrando. Como si le diera placer a estas horas intercalar onomatopeyas en mi repertorio, útiles siempre y cuando se tratase de un perro, al que quisiese decirle algo.

Mientras tanto solo puedo fijarme en aquella pintura. Me gusta pensar que de todos los caballeros en escena, soy uno de los tres que observa, el que la lámpara ha logrado ocultar el rostro. Y a mi lado izquierdo Jacob Lawrence, en compañía de no sé quién, al que simplemente ignoro. Sumidos en el temple de aquel salón de billar, celebrado por el jazz, el sudor y una sensación húmeda, y fría, en el ambiente. Figurado por la neblina del tabaco encendido en medio de una oscuridad insondable. Uno de esos lugares que prometen refugio seguro para quienes huyen de las noches de verano. De esos lugares donde solo se ven los rostros a mitad y los cuerpos quedan dotados de una sensualidad apetecible. -Me gusta que todos aquí nos hablamos al oído- << La negritud!  El renacimiento de Harlem! -me decía Jacob fijándose en las mesas de juego, o mejor dicho a unos planos de felpa que flotaban en la oscuridad por donde las bolas se paseaban a voluntad de unos palos de billar.- Este es el espíritu de “ningún lugar” el que habíamos soñado para América >> devolviéndome la mirada, después de reír con el caballero que le acompañaba. 

Pareció excesivo todo aquello a mi paso tambaleante. Carambola, un hombre alto, flaco, con la piel poco más oscura que la canela se convertía en una figura peculiar para mí. Portaba unos espejuelos grandes, de estilo invertido y su barba conectaba perfectamente con sus patillas. Parecía una especie de casco hecho de cuero cabelludo, todo del mismo largo. Como si utilizara el mismo peine para su recorte, desde la cabeza a las mejillas y hasta el cuello. Siempre impecable con sus palabras. Debo decir que todo eso quedó a un lado cuando logré divisar su billetera. Había una copia de aquella pintura impresa en un papel -creo de piedra, por su textura- con pliegues amaestrados, que de alguna forma hacían su billetera. En ella portaba su identificación, una ATH y dos reais o dos reales, nada más, nada menos que eso. Quedé conmovido con el insospechado billete, nítido y bien puesto en ese bolsillo de papel. Contrario al dólar, el real no utiliza escalas de verde, sino de azul y es protagonizado por un busto de una joven mirando en lontananza, es decir al carajo. No sé qué tienen esas representaciones que tanto aborrezco, pero entre el Che, Hitler y la propaganda rusa, me acabaron de enterrar. Qué bueno que existe la poesía de Watanabe para sentenciar este relajo. Más tarde, en un texto en portugués, me enteré decía algo sobre la representación física de la república. Aunque “Deus Seja Louvado” (“in God we trust”) aparecía de igual forma, a pesar de la secularidad de Brasil. Carambola notó mi fijación y me lanzó una mirada con aires de padre. Como si en ella se encontrara una sabiduría oculta de la que yo no estaba al tanto. Sin yo poder formular una sola pregunta, comenzó a hablar. << Precisamente porque no puedo pagar con estos dos reales, jamás estaré pelao’. -y hay algo de confort en eso- Lo llevo conmigo de mi último viaje a Brasil y a estado desde entonces en mis billeteras. >>

Creo que aquel real le recordaba mucho más que eso. No lo mencionó. Pero más allá del capoeira, de su manejo del portugués o su andar en tiempos pasados había algo que aquel billete aprisionaba. Siempre que el deseo lo traicionase habrá dos reais para recordarle que anda de paso por estas tierras, en búsqueda continua, siempre inacabado, y que de esa forma debía seguir. Ligero, escurridizo, agusao’. En mundos ingrávidos y sutiles. Quizás también al ver el revés del dólar le recordaba algún amorío lejano. O debo ser yo viéndome en él. Ya no sé. Pero aquel billete tenía un carácter de amuleto, misterioso para mí.

Entre mi conversación con aquel real lo oí decir algo acerca de su billetera y otros objetos. Si mal no escuché, desde que tiene los dos reales no la ha perdido. Entonces fui yo el que perdió el hilo de lo que había formulado y a su vez entendí todo, pero demasiado tarde. Aquella madrugada ya había perdido mis espejuelos y mi billetera y era él quien me acompañaba en camino.

Edgardo Gabriel Ortiz, en la madrugada del 18 de mayo.

II

La sagacidad es un arma de doble filo, debió pensar Flor María Caraballo dejando caer con hastío, más que con tristeza, el telegrama frente a dos hombres de extraña procedencia. Sospecho que el bananal yaucano coleccionaba unos pocos techos de zinc, a dos aguas, que elevados en sancos, pueden divisarse entre el mar de hojas anchas y de verdosos tajos, haciéndose testigo de lo siguiente.

Julio Armando, el segundo de diez hermanos, tenía el rostro de su padre, -y no es poca cosa, por que recordaba a todos el título de viuda de doña Flor-, había avisado a su madre en una carta muy amena su regreso de la Guyana Francesa en unos días. -Veintisiete aproximadamente-. (Para entonces el ejército de los Estados Unidos vigilaba desde ahí los submarinos Alemanes que merodeaban las aguas del caribe.) Un telegrama en vísperas de un regreso, le es indiferente el idioma y no discrimina entre familias. Solo quiere decir una cosa. Julio Armando, el segundo de diez hermanos, los ojos, la nariz, los gestos de don Silva, ya no regresaría. Así recibía la noticia Flor María, tratando sobreponerse a la aflicción y no derrumbarse frente al resto de sus hijos. << De donde coño uno es, si no sabe dónde están sus muertos! >> maldecía en las cálidas noches de julio, de esas noches de verano donde no hay nubes en el cielo para acompañar la rabia ni el dolor. Si es que la tierra no había recibido el cuerpo de su difunto esposo, ni el de su amado hijo.

Cinco años sucedieron hasta la llegada de una gran caja rectangular. Caja que entre otras cosas relata lo que nos van dejando las guerras y perfeccionando la morbosa gestión de su entrega. Cuentan los que la han recibido, que es de una madera de pino cruda y sin cepillar, sin insignias o marcas reconocibles, más allá del precio impreso, y del lugar donde se procesó la paleta de paneles. Oscura, con una especie de tizne que disimula bien las vetas. -O será el sucio que quedó adherido tras cinco años de almacenaje.- Cuatro retazos más anchos acompañaban las juntas y otros que cruzan de una esquina superior a otra esquina inferior opuesta, recorrían las caras de la caja, para darle fuerza . Robusta, indeseable, grotesca. No sé si por su tamaño o por la presencia inusual y contrastante en tan noble bananal.

Con el abrir de la tapa, lograban escapar hazes de luz que segaban en el acto a otros dos hombres que servían de escolta. Un metal plateado devolvía con gracia la intensidad con que azotaba el sol aquel día, que también parecía esperar ansioso, el regreso de Julio. -solo bajo la luz las figuras son reconocibles-. Indiscutiblemente emergía un ataúd, al que bajo llave, solo se le concedió a Flor María la autorización para abrirlo. Solloza, casi sin aire se negó a identificar el cuerpo. Fue suficiente esa escena. Había regresado. El árbol estaba en el tronco, y el tronco en la madera, que conoce la destreza de las manos. Manos para las herramientas, que hacen otras herramientas, que a su vez hacen la caja. Caja que tiene su forma por el cuerpo, cuerpo que ahora es el de su hijo.

Los actos funerarios fueron propiamente dirigidos por el sacerdote del pueblo, quien en aquel momento acordó consolidar tres cuerpos (tres familias) por cada rito. De las pertenencias de Julio solo conservó aquella caja, y un anillo del que ya no se conoce paradero. Un anillo identificado con las siglas GLL. Al que inocentemente sus hermanas menores le adjudicaron a la actriz italiana Ginna Lollobrigida. Fantaseando jovialmente con la posibilidad de que fueran amantes. Aunque también puede ser que haya caído por equivocación en las pertenencias de Julio y otra familia este esperando su regreso. O bien pudo haberlo robado.

Por años la caja permaneció en las fundaciones de su casa, acompañada por el polvo, ragieros y nietos traviesos que jugaban al escondite, en ese espacio de gracia que ofrecen las casas elevadas en sancos. Los nietos al crecer discutían el destino de aquella caja, -claro, en contra de los deseos de doña flor- reprochándole el apego inquebrantable a ella. No tardaron mucho en trasladar a la abuela al área metro y a su edad le adjudicaron la tristeza y la falta de ganas para continuar. Poco después murió. Pero Armando, el menor de sus nietos, cree algo distinto. Justo en el momento en que dejó el bananal, también perdió el regreso de su hijo y la capacidad de recordar.

Flor María Caraballo durante el verano de 1918

Como podría describir las siluetas que generan los pétalos de un lirio, si la silueta misma es una interpretación de los límites perceptibles del pétalo. Donde existe la silueta en el mundo material? y si dijera contorno. O líneas que generan los pétalos del lirio. Donde existiera la línea, si no es en la prolongación de puntos en un plano, -cuando se destruye el reposo del punto, para manejarse a través del espacio- si no es como signo.

Ya me he alejado suficiente, me he distanciado del lirio y aún no hemos intentado describir lo que es un pétalo y que es un lirio.

Ahora, no solo hablo de representaciones del objeto, sino que me encuentro limitado por lo que la palabra me permite articular. No me pertenecen y tampoco están al servicio de otro que las pronuncie.

Y el lector infortunado, acaba por interpretar con interpretaciones el objeto que se ha intentado rememorar.

III

Alma Teresa, recién cumplía siete años, y jamás renunciaba a las preguntas que dulcemente ideaba. Había resuelto añangotarse a curiosear en aquel artefacto. Pasaba la yema de sus dedos por el relieve de pétalos en madera, delicadamente dispuestos alrededor de una agarradera, que parecía el pistilo de una flor. Se impresionaba al sentir el empujón que le devolvían los pedales de acero, al apoyar sus pequeñas manos sobre ellos. Y adivinaba el movimiento de tapas y gavetas que le acompañaban la mirada, de vuelta en pie para leer la palabra Singer, elegantemente ensamblada, en un herrete de color oro. La vastedad de aquel artefacto, le hacía creer que era algo más que una mesa. Se convertía en algo fascinante. Tan pronto desplegaba el vuelo de la tapa, en la dirección que le permitía, el tope se hacía mucho más grande, descubriendo un hueco que guardaba con recelo, la complejidad de una maquinaria que aún no conocía.

La figura de su viejo se interpuso entre el artefacto y ella. Debió advertir su llegada por el tufo a cigarrillo, pero el empeño por descubrir lo que tenía ante sus ojos era tal, que no le hizo caso. El viejo tiraba de una palanca, que ella no logró encontrar a tiempo, cuando el sonido de resortes acordaba con el crujir de la caoba, dejar expuesto de un golpe la maquinaria al tope de la mesa. << Es de costura >> -reconociendo su forma en otras que ya había visto.- << Era de tú abuela. >> Respondió el viejo.

La figura de su viejo se interpuso entre el artefacto y ella. Debió advertir su llegada por el tufo a cigarrillo, pero el empeño por descubrir lo que tenía ante sus ojos era tal, que no le hizo caso. El viejo tiraba de una palanca, que ella no logró encontrar a tiempo, cuando el sonido de resortes acordaba con el crujir de la caoba, dejar expuesto de un golpe la maquinaria al tope de la mesa. << Es de costura >> -reconociendo su forma en otras que ya había visto.- << Era de tú abuela. >> Respondió el viejo.

Por un momento quedó en silencio. Creo que no quiso dar con lo que era ese artefacto. Le embaucaba la posibilidad de que fuera algo desconocido, tanto para su viejo, como para ella. Debió ser una máquina de interpretaciones más que de costura. Resulta ahora hermoso que el lenguaje de aquel artefacto pudiera hablar tanto de las cosas desaparecidas como de las inexistentes. Deseó en aquel momento, que desapareciera y solo quedara el nombre. Sin forma, ni el viejo que le interrumpiera, para así satisfacer lo que había reconstruido sobre ella y no tener que desecharlo para siempre. Quería decirle más al viejo, pero no le pareció apropiado, quizás no se atrevió. El ritmo de aquellos días fue devastador para la familia. Aunque no se contuvo de preguntar por el paradero de la mesa de costura en todos esos años. << Guardada en la marquesina, junto a las herramientas y la goma de respuesta. >> La contestación tuvo un sabor fútil y desconcertante. Alma Teresa estaba ruborizada.  Trató de continuar con su ejercicio, aunque solo para darse cuenta, de que era un extraño en su propia casa.

<< Teresa, los supersticiosos son de mala suerte >> -dijo el viejo, jocoso.- Dejando sobre la mesa de costura tuercas enmohecidas, y el cuero de la “tumbadora”, mientras encendía un cigarrillo y salía de la sala. No entendía nada, pero compartió el sentimiento. Pues ella, muy audaz, no era supersticiosa, pero jamás permitiría que alguien le barriera los pies. -Vaya a ser que no se pudiera casar, enserio, como mencionaban los adultos- . Así, Alma Teresa quedó en compañía de un gravado colgado a la pared, de unas míseras letras en color vino que leían AEELA. Un pequeño televisor, y la mesa de costura. Esa última era un acento en la sala. -y no era gran hazaña aquello- No solo por tan enredadas patas en acero, que  daban volteretas como enredaderas y los adornos de madera que airosamente ostentaba. Si no por la presencia de tal antigüedad entre los objetos a llevar en medio de una separación. El viejo no trajo mucho con él, quizás eso haya despertado el interés por tan misterioso artefacto. Pero trajo consigo una mesa de costura.

Sobre esta mesa de costura, hermana de infinitas otras construidas por el hombre, lugar de encuentro, de reflexión, de trabajo, se partió la yuca y la malanga amarilla cuando lo hubo; los hijos fueron iniciados en sus deberes. Se leyeron libros, y se enseñó a otros niños del barrio. Se lloró y se compartieron alegrías. Fue mesa de sastre, de planchadora, de electricista y carpintero. Aquí se rompieron y arreglaron radios y bongós. Se escuchó trova, a Eydie Gorme y a Lavoe. Se derramó agua, y también ron. No faltaron manchas de grafito que se limpiaron diligentemente para poder picar el mamoncillo y la piña.

Esta mesa de costura, no siempre fue así. En principio era saber hacer de los hombres y aunque muy moderna, no tenía las marcas del cuchillo, los cantos volao’ y el olor a ron. Ahora será testigo de algunos dibujos, de algunos poemas, o de algún intento de relato. Pero no se debe confundir entre otras o con aquella mesa original. Es otra mesa de aquella. Porque solo esta será testigo del moisés de tu abuela, que también fue mío, y en el que tú dormiste largas siestas. Esta mesa de costura que hemos reconstruido de tantas capas, llena de polvo, exhibida en esta sala, es la nuestra.

 Alma Teresa, la niña de siete años, que no renunciaba jamás a las preguntas que dulcemente ideaba, supo desde el principio que no se trataba de cualquier mesa.

Blanca Arbelo. 1929-1998

IV

De los escritos de Dalín embiste el deseo de volver a Cécilia. Sus fundadores la han nombrado así porque no es posible encontrarla desde tierra. El viajero que se aventura por el sur, cruzando la cordillera central, sabe que la luna debe acompañar su salida en cuarto creciente y plantar un árbol de aguacate para poder orientar el paso del tiempo a su regreso. Se ha dicho que al llegar a Cécilia el viajero puede olvidar hasta los propios motivos de su recorrido, y con ello la noción del calendario gregoriano. Solo a la luna llena, vislumbra la pendiente de cubos de alabastro con techos piramidales, sobre el cual se posan los gallos como pináculos, anunciando el alba. De esa forma, atónito, pasmado, llega el viajero en la madrugada. Incapaz de reaccionar a otra cosa que no sea la tenue luz que atraviesa la piedra traslúcida de sus edificaciones, y el cantar de los gallos. -mágica forma de aparecer en la inmensidad de lo que aún no se ha domesticado.- También los pescadores y comerciantes pueden distinguirla de, pero una vez se encuentran a algunas tres millas del callo del fausto. En la distancia se anda a ciegas.

A la luz del día, toda clase de canales, canaletas y puentecitos guían al forastero, cuesta abajo por la reticulada Cécilia. El agua va mostrando el camino entre eucaliptos deglupta, que mondan su tronco de color púrpura, naranja, amarillo y verde pistacho, y almácigos, -o “indio esnú” como le llaman sus habitantes, por el color terracota, oscuro y rojizo de su tronco, que recuerda la piel de los nativos- desembocando siempre en estanques o fuentes. Sus calles se revisten de placas de granito, negro y gris con destellos de blanco y plata, que el salitre ha rusticado con el tiempo. En cada esquina aparecen montículos de arena y salitre que revelan las pisadas de gallos y gallinas, y uno que otro felino sigiloso, obstinado en su naturaleza. El alabastro se exhibe blancuzco, contrapeado, desdibujándose con toda clase de estrías, abruptas, y sinuosas, como si anticiparan el movimiento de todos los cuerpos de agua, antes de su propia aparición, evocando una especie de plan maestro para la creación. A menudo las puertas  eran de acero corten y en ocasiones de bronce, cuya patina turquesa, chorrea como lágrimas en la mejilla. Muchas de las edificaciones quedan provistas de esbeltas torres rectangulares, también en alabastro, con bocas que miran al este y otras al oeste para ventilar las salas contenidas entre paredes. A veces, si se está atento, y sorprendes alguna puerta abierta, te entrometes en zaguanes custodiados por zumbadores y caballitos de San Pedro, quienes sostienen conversaciones en anonimato con  orquídeas y amapolas.

Dalín, respetable ebanista, no fue a la academia, como el resto de sus hermanas, pero la experiencia de sus viajes acabó por dotarlo de una astucia envidiable. Fue en los terrenos de Acacia donde aprendió a dominar la traviesa de tren. En Cipango trabajó en palacios donde los listones han de juntarse sin la intervención de metales, y en Albión logró fabricar sus primeros muebles en wengue y alamo. Aparte de un repertorio de trucos que heredó, y que difícilmente encontraría fuera de las calles de tantas ciudades. Tanto así que los Franceschini le encargaron una coqueta de espejo para su primogénita, que estaba por nacer, lo que favorecía a priori su visita a Cécilia.

Generalmente -como él había observado- los asentamientos, tanto en el sur como en el norte, se rigen por el Tratado de Indias, pero Cécilia se constituyó de manera distinta. No partía de una plaza rodeada por los edificios de orden público y la iglesia, sino que respetaba el declive de la montaña que observa el mar y el paso del agua que desemboca en él. En la falda de la montaña se cortaron algunos mangles, para abrir paso a un frente pavimentado que daba a la laguna, que más que una plazoleta, era un espacio de congregación y entretenimiento para los habitantes, y forasteros que lograban llegar. Todo un espectáculo en las tardes, cuando se ve reflejada la Cécilia de la tierra en la Cécilia de la laguna. En los límites superiores se encontraba un hilo de arena y mangle que daba al mar, en donde los fundadores hábilmente, crearon las condiciones para que las embarcaciones pudieran atracar a las afueras sin invadir la laguna. De todo se encontraba por estos lares, por ser la primera ciudad que te recibe, luego de cruzar la cordillera central. De tal forma que muchos andaban de paso dejando y llevando bienes, así como amoríos e hijos bastardos. Todos los vicios podía satisfacer Cécilia. Baile, bebida, barajas, burdeles, e incluso capillas y catedrales, para los domingos en medio de resacas. Se elaboraban finos licores de caña, se sembraba café y sus sastres eran famosos por confeccionar los trajes de los reyes de Asturia. << Como bailar la mazucamba señores >> -decía Dalín- “hay que tener cuidado de que no se enamore, pues dicen que enciende fuego en los corazones.”

A Cécilia le llaman sus habitantes, “la ciudad de los muertos”. Sus fundadores han recreado las condiciones, que pensaron idóneas, propiciando  comportamientos específicos y en lugares específicos, anticipando actores y problemas que aún no habían surgido. Lo que se ve de Cécilia ahora no es más que el deseo de los que han muerto, y no por esto significa que lo sucedido emuló a la perfección lo estipulado. Es verdad que no se puede asegurar un comportamiento, solo de predicciones y clarividencias, pero tuvieron muy claro que no andaban de paso, tampoco improvisando con la belleza abismal de los paisajes del sur, ni con su gente.

He vuelto con la promesa de tío Dalín. Esta vez por mar. Aun no llegaba al callo del fausto, -como él describió- cuando del mar se elevaron listones de luz verticales que se entrevén, por lo que a mi juicio parecían jardines colgantes y otros planos poco más densos, que debían ser de alabastro. Unos cuantos veleros cortejan la entrada al malecón de Cécilia donde espera un muelle mucho más vistoso que lo descrito. Se han agrupado a un costado los pescadores, junto a un desfile de embarcaciones de una lucidez que no recordaba en otros puertos. Al otro lado, asiduo, queda en pie el resto del antiguo muelle, relegado al cuidado de corales, musgos y la exuberancia de la vida en el mar. De ahí, algunos se lanzaban de clavado, dando piruetas o simplemente manteniéndose a flote a la sombra que proporcionaba. Lo que en la distancia parecían listones de luz vertical, ahora son fachadas de vidrio, de no más de seis pisos perfectamente intercaladas entre las estructuras viejas de alabastro, como algún parásito que creció de las viejas edificaciones, parecido a las plantas de agua que se enredan en los Laureles. Todos en Cécilia tienen derecho al horizonte, y eso reflejaba el cambio gradual en alturas a medida que se sube la pendiente. Las caras de las edificaciones de vidrio que miran a la bahía, es decir al sur,  estaban repletas de balcones en acero corten y mesetas de trinitarias, entre otros helechos que no reconocí, pero que ofrecían una cortina de sombra muy agradable. Supe entonces que les favorecía la luz del norte, porque no se resguardaban de ella como lo hacían en el lado opuesto.

Pronto crucé la laguna y encontré, como señalaba el tío Dalín, el lugar de encuentro de la ciudad. Aquel frente longitudinal, lleno de comercios, espectáculos y el ímpetu de los habitantes y turistas que pausaban en Cécilia. Anduve por las calles, acompañado del agua y la vegetación que contenían las paredes de alabastro, como si fuera el tío quien volviera en mi lugar recorriendo sus años de vulnerabilidad. La ciudad adquirió las amenidades de la tecnología, pero con reserva, no fue absorbida por ella. Mucho del trato, perseguía lógicas distintas del lugar de donde venía. Las personas rozaban tus partes al caminar, se dirigía la mirada a los ojos, se queda a cualquier hora en cualquier lugar, se discute lo que acontece y también se gritan palabrotas desde los balcones. Es fácil formar conclusiones de un lugar en el  que solo se estará algunos días, sin adentrarse en lo que verdaderamente acontece. -La Cécilia de los habitantes no es la misma que la Cécilia de los turistas.- Pero mi condición de forastero me distancia de lo cotidiano, y creo ver más aquí de lo que puedo ver en casa. -quizás cuando esté de vuelta formule mejores juicios- Mientras tanto me ha parecido que sus habitantes se interesan entre las cosas y por eso la ciudad queda a buen recaudo, no todo es remplazable o desechable. No importa si las marcas de limo y salitre en el alabastro revelan constantes terminaciones, embelleciendo las caras de sus edificaciones o si es el presagio de su propia destrucción, que se esconde en su trayecto ruinoso, lo cierto es que en algún sentido he vuelto a la Cécilia del tío Dalín y con eso basta. Han salvado a Cécilia del presente. Porque saben que el presente se desvanece.

He llegado a una plazoleta que se asoma a la bahía, cuesta arriba, bastante cerca de la antigua entrada. Asfixiado por mi caminata y entripado en sudor, me ha recibido un portal de pérgolas de una madera, grisácea, ya gastada, abrazado por las trinitarias que florecían de violeta. No sé quién soportaba a quien. El aspecto de las trinitarias me pareció hercúleo, tan macizo, más grueso que los listones de madera, que decidí que eran ellas quienes mantenían en pie el portal. Una fuente empotrada a una pared ciega, con un canalito de agua que cruzaba horizontalmente la plaza, -en el que recuerdo haber tirado algunas monedas, antes de cruzarlo, entendiendo la presencia de Caronte en aquel lugar.- y  el husmo que emanaba del restaurante de mariscos dirigían mi mirada a la calma y el silencio del paisaje de Cécilia. Estábamos todos allí. Metáfora incontenible de la savia. Los vivos que le llaman la “ciudad de los muertos”, y los muertos que le llaman “la ciudad de los que están por nacer”.

Hay formas distintas de llegar a ellos, por que se han hido nombrando de manera distinta. En cuyo caso la palabra siempre es artificial, por lo poco que tiene que ver con la realidad. Es en nosotros como sistema de representación, como idioma, y como todo idioma, queda corto e imperfecto.

Yo entiendo el lirio por su color, su delicadeza, o su peso en relación a la palma de mi mano. Quizas en su propia entrega o su aparición natural sin más apropiación que la que se da través de la mirada, pero nunca llego a ella por la palabra lirio, no la conosco por la palabra.

Y que tendría que decir la palabra lirio del lirio. Por eso hay que invertir en metáforas, paráfrasis evidentes, es quizás el modo mas certero de describir las cosas.

V

La tarde del 25 de octubre ordené un café. Esta vez por gusto. Lo había probado anteriormente, con leche, late, pocillo, con azúcar, con azúcar morena, con más leche y tres cucharadas más de azúcar morena, cortadito, negro, expreso, arábico, -para que le sienta mejor caballero- mas siempre amargo. Pero hoy decidí que me gustaba, y el primer sorbo no se ha rebajado al miedo o a lo candente que esta. Soy de los que piensa que el café se aprende a tomar, -nadie me diga que fue su elixir de la primera, con el perdón de los grandes tomadores o los que tuestan su propio café-. Aunque ya parece que mi gusto se ha interesado por el sabor, o será que la cafeína se me ha vuelto necesaria, quien sabe.

El hecho me dolía, comprendí que me apartaba de ella en ese momento. Este venía a ser el primero de infinitos cambios que me esperaban y ya no estaba allí para presenciar mi proeza. Se nos venía un universo fuera de uno y del otro, para entonces mi obstinación por deshacerme de aquella foto, por fin se veía fundamentada. Nada de ir muy lejos con vanidades melancólicas, había un zafacón a la salida que sería el nuevo custodio de la fotito. Solo faltaba media taza café para mi ejecución. Cuando me invadió inescrupulosa, una conversación remota, que no pensaba recordar. Una conversación con un gran amigo al que ya no veo.

La multiplicación entre 111, 111,111 y 111, 111, 111 es igual a 12, 345, 678, 987, 654, 321. Estaba perturbado. Jamás había pronunciado tal cifra, -y no fui yo el que lo hizo en aquel momento- sin olvidar que mi masa encefálica no podía entenderla de forma relacional. Quiero decir, pude estimar que lo que mediaba numéricamente de la puerta de aquel cuarto y yo eran algunos cinco pies de solo mirarla, y luego me atreví a decir que entre la barra de la esquina y nosotros existían dos campos de fútbol, o doscientos metros. Pero doce mil trecientos cuarenta y cinco billones seiscientos setenta y ocho, novecientos ochenta y siete millones seiscientos cincuenta y cuatro mil trecientos veintiuno, es inefable, inimaginable.

Mi amigo siempre armaba conjeturas apropiadas para nuestras conversaciones, pero esta me pareció una burlona. << Es la fórmula del eterno retorno, -decía con entusiasmo- las orbitas, la migración de las aves del norte cada octubre, las flores en los robles, que cada mayo nos ofrecen un nuevo suelo de rosa y amarillo (como prefería él) por donde pasar, el resurgir en el espejo de Pavese. La muerte querida de Vallejo, Es siempre volver! Vez como asciende de uno a nueve y desciende perfectamente igual. >> No lo iba a interrumpir, hubiera sido un descaro, además yo empezaba a gozarme su caminar interrumpido, en un cuarto que no debe ser más grande de 150 pies cuadrados. Bastante parecido a los leones enjaulados de los zoológicos que visité de niño. Hacia delante y hacia tras, hacia tras y hacia delante, siempre mirando el suelo y agitando su mano izquierda, como si quisiera echarse fresco.

Recuerdo haber preguntado por una ramita, ya seca, que cargaba en su mano derecha. Tenía dos nudos hechos de una enredadera muy fina en cada cabo, que pude avistar porque de ellos colgaban cuatro extremos, como cuatro flecos, también secos. Me pareció distante, como si en medio de su exposición hubiera escapado a otra parte donde no estuviera yo o aquel cuarto. De hecho su mirada era distinta. Parecía reflejar otra edad, solo en sus ojos, -cosa que puedo pensar ahora.- Lo cierto es que no respondió a mi fijación por la ramita que cargaba en su mano derecha.

<< Para crear un universo solo falta poblarlo, amueblarlo. Y pronto, el mismo se carga de sentido. Basta con pensar una plaza,  la vista de una bahía y un hombre sentado en un banco a la sombra de un árbol. Entonces podemos preguntarnos Que acontece en la bahía? Atracará un galeón o un crucero? Es de mañana. El suelo aún esta húmedo? Los postes, ya están carcomidos por el salitre? Y el hombre sentado en tal banco, a la sombra de que árbol, Está esperando a alguien? si la contestación es negativa, es posible que este contemplando la vista, o descansando y dentro de poco se agotarán las posibilidades. Pero si la contestación afirma el hecho de la espera, podríamos preguntar A quien espera? Un comerciante de la bahía? Un amante? La apertura de un Café cercano? Entonces se han perfilado una serie de probabilidades basadas en signos y en palabras que casi han llegado por sí solas. >>

Yo lo volví a interrumpir con la presencia de la ramita en su mano derecha y él parecía despertar de un trance. << Esto? es un lagartijo. -ya entenderán porque pensé que ese día me ponía en ridículo- Sí. Me lo regaló una amiga cuando era muy pequeño en el colegio. Me agradó su hermoso gesto, pienso ahora. Ese día llegué a casa y lo dejé en mi mesa de noche y desde entonces no he sabido como deshacerme de él. Lo he guardado muy de cerca todo este tiempo. >> Mi gran amigo, el de conjeturas siempre acertadas interrumpió mi último sorbo de café. Y es que años más tarde me presentó a la niña que le regaló el lagartijo hecho de ramitas secas, toda una mujer. Fue ahí cuando me dijo que la veía solo los veranos de cada año y por poco caigo yo al suelo temblando. Había derramado un poco de café sobre la foto que esperaba ser desechada, viendo la piel como se me erizaba por unos segundos. No había ninguna fórmula matemática para explicar el eterno retorno en boca de él! Era su lagartijo!  Hecho de una ramita seca, cuyas patas emergían de los flecos de finas enredaderas atadas a los cabos. No se trataba de los poemas de Vallejo o de Pavese, las flores del roble, de la migración de las aves o las orbitas. Si no del lagartijo. Aquel objeto hecho de la artesanía de niños estuvo vacío un instante antes de que la niña lo llamara lagartijo. Entonces en su devenir aglutinó marcas, palabras, pensamientos, huellas. El dialecto entre mi amigo y aquel objeto se encargó de tender puentes entre sus sentidos y los signos y eso atesoraba él con tanto ahínco.

Tras la foto ella dejó escrito algo que ahora no me animo pronunciar. En un cartoncito cuadrado, que no debe ser más grueso de un sesenta y cuatro, que al girarlo de alguna forma contra la luz, también quedaba yo reflejado en su imagen. No puedo deshacerme de ella. Tan  pequeña, y frágil, encontraba todo el universo que mi gran amigo había revelado para mí. Solo que en mi caso ya no habría retorno.

Miré la foto nuevamente, para darme cuenta de que la representación allí impresa, no era de aquel amor que me acompaño tantos años. Si no de una niña de ojos color miel y cabello castaño, en algún momento de su vida, mucho antes de conocernos.

Gustavo Antonio Casalduc, grato conversador.

La palabra esta en lugar de los objetos, son impostoras de lo que se quiso hacer memorable. Te acompañan en el relato y te ofrecen un resguardo temporero, ya resquebrajado. Justo cuando las pronuncias acaban haciéndote un completo extraño de ellas.

Y es posible que el recado se encuentre en lector mismo, fijándose en lo que le place y guiando la narración de la forma que más le atrae. El relato no esta en la voz, sino en los oídos.

Pero debo añadir una observación que equivale a una advertencia.

No se encontrará aquí ningún objeto, sino la acción de mis palabras.

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